Crónicas chinas. Día 5: Datong express
Antes de las 9 en punto, que es cuando habíamos quedado con Mr Yi, ya habíamos bajado a la recepción para hacer el checkout y dejarles las maletas para que nos las guardaran. Para nuestra sorpresa, el que iba a ser nuestro fiel compañero durante el resto del día ya estaba esperándonos. Diez minutos antes de la hora. Se trataba de un señor de unos cincuenta años, de buen aspecto y amable. Le hicimos esperar un poco, ya que no teníamos contratado el desayuno y tuvimos que comprar dos bollos y dos zumos en la tienda de al lado del hotel. Mr. Yi hablaba un ingles básico, pero suficiente para entendernos. Cuando nos acercamos al coche, descubrimos que estaba impoluto, el coche más limpio que habíamos visto desde que llegamos a China. El coche era un BYD F3, marca y modelos bastante comunes en el país. Posteriormente descubrí que BYD era una empresa pública, que en sus comienzos fabricaba baterías para móviles, y que pasó a construir coches.

Para la primera jornada post Beijing, habíamos planeado la visita a dos lugares que tenían muy buena pinta: las grutas de Yungang y el tempo colgante de Xuankong. Empezamos por las cuevas, que estaban situadas a una media hora en coche. Nada más llegar nos quedamos impresionados con la entrada al recinto y sus torres. Ahí fue donde nos dejo Mr. Yi, nos esperaría con el coche, no sin antes acompañarnos y señalarnos donde teníamos que comprar las entradas. Todo esto con una sonrisa incombustible en su cara. El recinto estaba dividido en varias zonas: unos templos en la entrada, las cuevas en si, y un museo en el que explicaban la historia del lugar. Ya solo con los templos, rodeados de un lago y unas cascadas, nos quedamos alucinados.

Pero lo mejor vino sin duda después, la cuevas de Yunyang fueron increíbles. Cuevas y más cuevas, excavadas en la roca, y en las que te encontrabas tallas de Buda de un tamaño desmesurado o impresionantes pinturas. Íbamos viéndolas una tras otra, leyendo su historia en sus respectivos carteles, y poniéndonos en el lugar de las personas que los construyeron. En la época de su construcción, las grutas estaban cubiertas por casas, que edificaron pegadas a la montaña. Hoy en día quedan muy pocas. Una obra de una magnitud colosal. Puede ser una burrada lo que voy a escribir, pero pocos sitios nos han impresionado tanto. Y es que salimos maravillados, mucho más incluso que tras visitar la muralla. En el museo, además de numerosas explicaciones sobre el origen de las grutas y los templos, encontramos una maquina en la que te grababan y aparecías sobre un decorado virtual. Intentamos hacernos una foto divertida, pero estuvimos casi 5 minutos esperando a que dos pesados se quitaran, pero no hubo manera de sacarnos una foto los dos solos, así que al final tuvimos hacernos la foto con ellos.
El tiempo se nos paso volando en Yunyang, estuvimos casi tres horas en la visita. Cuando volvimos al coche, Mr. Yi soltó una frase interesante: ‘normalmente la gente hace la visita en dos horas, a los chinos nos gustan las montañas y el agua, a los occidentales os interesan más las cosas antiguas’.

Sin parar para comer, emprendimos la marcha hacia el el monasterio colgante. Teníamos hora y media de trayecto por delante, que aprovechamos para dormir un rato mientras la carretera nos lo permitió. Lo que en las afueras de Datong era una moderna y bien asfaltada autovía, se convirtió en una carretera comarcal que atravesaba poblachos y campos de cultivo. Por el camino, empezamos a ver el contraste que impera en la sociedad China, pasamos de las megaconstrucciones de las ciudades a la pobreza en el campo. Datong estaba plagada de rascacielos en construcción, y es que el boom inmobiliario estaba en pleno apogeo en el país.
Hasta ese momento nuestro único contacto con los coches habían sido los taxis de Beijing, por lo que el trayecto hasta el monasterio fue un cursillo acelerado de como se conduce en China:
– Regla numero uno: pita todo lo que puedas, al adelantar, al cruzarte otro coche, al entrar en una curva, da igual porque, pero pita.
– Regla numero dos: no hay diferencia entre línea continua y discontinua, puedes adelantar donde quieras, sin visibilidad e incluso en medio de una curva.
– Regla numero tres: da igual quien tenga preferencia, el que antes se acojona es el que cede el paso.

Tras el cursillo acelerado de conducción china, llegamos al monasterio colgante de Xuankong. Se podía ver desde bien lejos, ya que estaba colgado literalmente en una pared. Aprovechando los recodos que ofrecía la montaña, lo habían construido pegado a la misma, y se apoyaba en varios puntos en palos, algo que ni por asomo aquí llamaríamos vigas. Lo mejor sin duda era verlo de lejos, enmarcado en el paisaje. Una vez dentro, tampoco aportaba mucho. Habían preparado un circuito por las distintas dependencias, y la cola llegaba hasta la misma entrada, había que hacer todo el recorrido paso a paso, todo el rato medio parado, esperando a que avanzara, igualito que la cola del Eroski, pero a lo bestia. Yo ya estaba con la mosca detrás de la oreja, en ciertos puntos casi no había barandilla, y ya desde abajo daba respeto. Teniendo vértigo, claro. Si hubiera sido el recorrido sin parar, todo seguido, seguramente lo hubiera hecho. Pero el hecho de estar parado un rato en un punto sin barandilla, y con la altura que había allí, ni de coña. Una cosa es el teleférico, que pasa rápido, y otra muy distinta tirarme media hora sufriendo. Así que al final casi no lo visitamos por dentro. Tampoco nos dio mucha pena, ya que lo realmente interesante era sin duda ver donde estaba construido.

Ya habíamos visitado los dos sitios más atractivos de la zona, por lo que nos dirigimos de vuelta a Datong. Por el camino, le preguntamos a Mr. Yi si conocía algún sitio donde conectarnos a internet. Nos costo hacerle entender lo que queríamos, su conocimiento del inglés estaba más limitado a la terminología de guía y conducción, no con las nuevas tecnologías. El no sabia exactamente donde podíamos ir, pero estuvo llamando a varias personas preguntando por el asunto. En vista de que tampoco encontraba nada, le dijimos que en la guía salía algún cibercafe, y que iríamos ahí, que no se preocupara. Pero Mr. Yi era tozudo, quería ayudarnos a toda costa, y vaya si lo hizo. Al llegar a Datong nos llevo a un hotel, seguramente el más lujoso de la ciudad, se metió dentro y nos dijo que le esperáramos. Al de un rato, salió con una chica, y nos explico que en la cafetería del hotel había wifi gratuito, que podíamos tomar un café y navegar todo lo que quisiéramos. Encima, le había dicho a la chica que después llamara a un taxi para que nos llevara a la estación del tren, y nos dijo que no pagáramos más 6 yuanes por el trayecto. Bravo Mr. Yi. Así si que se puede viajar.

Efectivamente, en el hotel estuvimos muy a gusto, a la fresca, con una cerveza, y sentados en unos cómodos sofás. Lo más curioso fue que haciendo gala de su afición por tomar las bebidas calientes, nos sacaron la cerveza a la misma temperatura que el te. Eso si, todo con mucha clase, acompañado de una cubitera para que le echáramos hielos a la cerveza. Lo nunca visto, cerveza con hielo. Salvando este percance, pudimos hacer todo a lo que habíamos ido: estábamos a la espera de recibir unos emails, por lo que cerramos las gestiones pendientes, y descubrimos que el Athletic había perdido la final de la copa. Habían pasado unas cuantas horas desde la final, y estaba dándole vueltas a que podían haber hecho, pero en China es imposible enterarse de nada sin internet. Una pena volver a perder otra final. Por lo menos, como no habíamos vivido el ambiente, tampoco nos había afectado tanto, a mi al menos, a Esti le daba igual. También estábamos pendientes del baloncesto, ya que el Baskonia estaba jugando las semifinales. Pero pasaba exactamente lo mismo. Poca información, y la única gracias a internet.

Tras coger el taxi de vuelta, seguimos los consejos de la Lonely, y nos fuimos a un restaurante que estaba frente a la estación del tren: el Tong He Da Fan Dian. Esa noche teníamos que volver a coger otro tren, esta vez íbamos a dormir en el. La cena fue todo un espectáculo. Nada más entrar por la puerta, las camareras se agolparon para atendernos. Se notaba que no era una ciudad muy turística, y que pasaban muy pocos occidentales. Esta vez nos costo Dios y ayuda hacernos entender, diccionario en mano, conseguimos que nos sacaran comida, bastante buena por cierto. En la Lonely recomendaban un par de platos, que pedimos por supuesto, y que nos encantaron. A la hora de pagar, intentamos hacerlo con la MasterCard y con la Visa, pero las miraban como las vacas al tren, me pareció increíble que no conocieran ninguna de las dos. Lo dicho, esta ciudad era muy poco turística, y se notaba en ese tipo de detalles. Intentaron pasarlas, pero no hubo suerte, tuvimos que pagar en metálico.
El día no dio para mucho más, esperamos un rato en la recepción del hotel, recogimos las maletas, y nos fuimos al tren. Volvíamos al traqueteo, a las literas y a la chicharra. Teníamos siete horas de tren por delante antes de llegar a Pingyao, nuestra siguiente parada.




















