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Mes: junio 2012

Crónicas chinas. Día 5: Datong express

Crónicas chinas. Día 5: Datong express

Antes de las 9 en punto, que es cuando habíamos quedado con Mr Yi, ya habíamos bajado a la recepción para hacer el checkout y dejarles las maletas para que nos las guardaran. Para nuestra sorpresa, el que iba a ser nuestro fiel compañero durante el resto del día ya estaba esperándonos. Diez minutos antes de la hora. Se trataba de un señor de unos cincuenta años, de buen aspecto y amable. Le hicimos esperar un poco, ya que no teníamos contratado el desayuno y tuvimos que comprar dos bollos y dos zumos en la tienda de al lado del hotel. Mr. Yi hablaba un ingles básico, pero suficiente para entendernos. Cuando nos acercamos al coche, descubrimos que estaba impoluto, el coche más limpio que habíamos visto desde que llegamos a China. El coche era un BYD F3, marca y modelos bastante comunes en el país. Posteriormente descubrí que BYD era una empresa pública, que en sus comienzos fabricaba baterías para móviles, y que pasó a construir coches.

Visión general de as grutas de Yunyang

Para la primera jornada post Beijing, habíamos planeado la visita a dos lugares que tenían muy buena pinta: las grutas de Yungang y el tempo colgante de Xuankong. Empezamos por las cuevas, que estaban situadas a una media hora en coche. Nada más llegar nos quedamos impresionados con la entrada al recinto y sus torres. Ahí fue donde nos dejo Mr. Yi, nos esperaría con el coche, no sin antes acompañarnos y señalarnos donde teníamos que comprar las entradas. Todo esto con una sonrisa incombustible en su cara. El recinto estaba dividido en varias zonas: unos templos en la entrada, las cuevas en si, y un museo en el que explicaban la historia del lugar. Ya solo con los templos, rodeados de un lago y unas cascadas, nos quedamos alucinados.

Inmenso Buda, tallado en la roca

Pero lo mejor vino sin duda después, la cuevas de Yunyang fueron increíbles. Cuevas y más cuevas, excavadas en la roca, y en las que te encontrabas tallas de Buda de un tamaño desmesurado o impresionantes pinturas. Íbamos viéndolas una tras otra, leyendo su historia en sus respectivos carteles, y poniéndonos en el lugar de las personas que los construyeron. En la época de su construcción, las grutas estaban cubiertas por casas, que edificaron pegadas a la montaña. Hoy en día quedan muy pocas. Una obra de una magnitud colosal. Puede ser una burrada lo que voy a escribir, pero pocos sitios nos han impresionado tanto. Y es que salimos maravillados, mucho más incluso que tras visitar la muralla. En el museo, además de numerosas explicaciones sobre el origen de las grutas y los templos, encontramos una maquina en la que te grababan y aparecías sobre un decorado virtual. Intentamos hacernos una foto divertida, pero estuvimos casi 5 minutos esperando a que dos pesados se quitaran, pero no hubo manera de sacarnos una foto los dos solos, así que al final tuvimos hacernos la foto con ellos.

El tiempo se nos paso volando en Yunyang, estuvimos casi tres horas en la visita. Cuando volvimos al coche, Mr. Yi soltó una frase interesante: ‘normalmente la gente hace la visita en dos horas, a los chinos nos gustan las montañas y el agua, a los occidentales os interesan más las cosas antiguas’.

Posando con nuestros dos amigos chinos

Sin parar para comer, emprendimos la marcha hacia el el monasterio colgante. Teníamos hora y media de trayecto por delante, que aprovechamos para dormir un rato mientras la carretera nos lo permitió. Lo que en las afueras de Datong era una moderna y bien asfaltada autovía, se convirtió en una carretera comarcal que atravesaba poblachos y campos de cultivo. Por el camino, empezamos a ver el contraste que impera en la sociedad China, pasamos de las megaconstrucciones de las ciudades a la pobreza en el campo. Datong estaba plagada de rascacielos en construcción, y es que el boom inmobiliario estaba en pleno apogeo en el país.

Hasta ese momento nuestro único contacto con los coches habían sido los taxis de Beijing, por lo que el trayecto hasta el monasterio fue un cursillo acelerado de como se conduce en China:

– Regla numero uno: pita todo lo que puedas, al adelantar, al cruzarte otro coche, al entrar en una curva, da igual porque, pero pita.

– Regla numero dos: no hay diferencia entre línea continua y discontinua, puedes adelantar donde quieras, sin visibilidad e incluso en medio de una curva.

– Regla numero tres: da igual quien tenga preferencia, el que antes se acojona es el que cede el paso.

El templo, colgado en la pared

Tras el cursillo acelerado de conducción china, llegamos al monasterio colgante de Xuankong. Se podía ver desde bien lejos, ya que estaba colgado literalmente en una pared. Aprovechando los recodos que ofrecía la montaña, lo habían construido pegado a la misma, y se apoyaba en varios puntos en palos, algo que ni por asomo aquí llamaríamos vigas. Lo mejor sin duda era verlo de lejos, enmarcado en el paisaje. Una vez dentro, tampoco aportaba mucho. Habían preparado un circuito por las distintas dependencias, y la cola llegaba hasta la misma entrada, había que hacer todo el recorrido paso a paso, todo el rato medio parado, esperando a que avanzara, igualito que la cola del Eroski, pero a lo bestia. Yo ya estaba con la mosca detrás de la oreja, en ciertos puntos casi no había barandilla, y ya desde abajo daba respeto. Teniendo vértigo, claro. Si hubiera sido el recorrido sin parar, todo seguido, seguramente lo hubiera hecho. Pero el hecho de estar parado un rato en un punto sin barandilla, y con la altura que había allí, ni de coña. Una cosa es el teleférico, que pasa rápido, y otra muy distinta tirarme media hora sufriendo. Así que al final casi no lo visitamos por dentro. Tampoco nos dio mucha pena, ya que lo realmente interesante era sin duda ver donde estaba construido.

Detalle de los palos en los que se apoya

Ya habíamos visitado los dos sitios más atractivos de la zona, por lo que nos dirigimos de vuelta a Datong. Por el camino, le preguntamos a Mr. Yi si conocía algún sitio donde conectarnos a internet. Nos costo hacerle entender lo que queríamos, su conocimiento del inglés estaba más limitado a la terminología de guía y conducción, no con las nuevas tecnologías. El no sabia exactamente donde podíamos ir, pero estuvo llamando a varias personas preguntando por el asunto. En vista de que tampoco encontraba nada, le dijimos que en la guía salía algún cibercafe, y que iríamos ahí, que no se preocupara. Pero Mr. Yi era tozudo, quería ayudarnos a toda costa, y vaya si lo hizo. Al llegar a Datong nos llevo a un hotel, seguramente el más lujoso de la ciudad, se metió dentro y nos dijo que le esperáramos. Al de un rato, salió con una chica, y nos explico que en la cafetería del hotel había wifi gratuito, que podíamos tomar un café y navegar todo lo que quisiéramos. Encima, le había dicho a la chica que después llamara a un taxi para que nos llevara a la estación del tren, y nos dijo que no pagáramos más 6 yuanes por el trayecto. Bravo Mr. Yi. Así si que se puede viajar.

Tenemos la prueba, cerveza con hielo

Efectivamente, en el hotel estuvimos muy a gusto, a la fresca, con una cerveza, y sentados en unos cómodos sofás. Lo más curioso fue que haciendo gala de su afición por tomar las bebidas calientes, nos sacaron la cerveza a la misma temperatura que el te. Eso si, todo con mucha clase, acompañado de una cubitera para que le echáramos hielos a la cerveza. Lo nunca visto, cerveza con hielo. Salvando este percance, pudimos hacer todo a lo que habíamos ido: estábamos a la espera de recibir unos emails, por lo que cerramos las gestiones pendientes, y descubrimos que el Athletic había perdido la final de la copa. Habían pasado unas cuantas horas desde la final, y estaba dándole vueltas a que podían haber hecho, pero en China es imposible enterarse de nada sin internet. Una pena volver a perder otra final. Por lo menos, como no habíamos vivido el ambiente, tampoco nos había afectado tanto, a mi al menos, a Esti le daba igual. También estábamos pendientes del baloncesto, ya que el Baskonia estaba jugando las semifinales. Pero pasaba exactamente lo mismo. Poca información, y la única gracias a internet.

Plato típico de Datong: el sui mai

Tras coger el taxi de vuelta, seguimos los consejos de la Lonely, y nos fuimos a un restaurante que estaba frente a la estación del tren: el Tong He Da Fan Dian. Esa noche teníamos que volver a coger otro tren, esta vez íbamos a dormir en el. La cena fue todo un espectáculo. Nada más entrar por la puerta, las camareras se agolparon para atendernos. Se notaba que no era una ciudad muy turística, y que pasaban muy pocos occidentales. Esta vez nos costo Dios y ayuda hacernos entender, diccionario en mano, conseguimos que nos sacaran comida, bastante buena por cierto. En la Lonely recomendaban un par de platos, que pedimos por supuesto, y que nos encantaron. A la hora de pagar, intentamos hacerlo con la MasterCard y con la Visa, pero las miraban como las vacas al tren, me pareció increíble que no conocieran ninguna de las dos. Lo dicho, esta ciudad era muy poco turística, y se notaba en ese tipo de detalles. Intentaron pasarlas, pero no hubo suerte, tuvimos que pagar en metálico.

El día no dio para mucho más, esperamos un rato en la recepción del hotel, recogimos las maletas, y nos fuimos al tren. Volvíamos al traqueteo, a las literas y a la chicharra. Teníamos siete horas de tren por delante antes de llegar a Pingyao, nuestra siguiente parada.

Crónicas chinas. Día 4: parque HouHai y tren a Datong

Crónicas chinas. Día 4: parque HouHai y tren a Datong

Último día en Beijing. Tocaba despedirse del hotel, de nuestra chinesca habitación y de su típico patio. No sabíamos si en el resto del viaje tendríamos una habitación decorada con tanto detalle. A pesar de ser el día de la despedida, aún nos daba tiempo para visitar otro lugar más, el entorno del lago Houhai. El tren hacia Datong salía a las 15:30, y ha habíamos hablado en la recepción del hotel que un taxi pasaría a buscarnos sobre las 14. Dejamos las maletas allí, y nos fuimos al metro.

Típica embarcación de paseo en Huohai

El lago Houhai estaba bastante poco lejos de ninguna parada, por lo que así tendríamos la oportunidad de dar un paseo y ver el ambiente de otras calles que pensábamos eran menos turísticas. O eso creíamos, porque nada más salir de metro nos encontramos un MacDonalds. Pero fue una falsa alarma. En el resto de la calle solo había los típicos puestos de lugareños. Tras caminar bajo un sol infernal, un día más, llegamos al entorno del lago. Con sus barcas, flores de loto, puentes, era un oasis en medio de Beijing. Se agradecía dar un paseo por su orilla. En esta zona, nos encontramos un chiringuito de churros, incluso en el cartel estaba escrito en castellano. Irte a China para ver una churrería, no me lo creería si de me lo dicen antes de ir. Cerca del lago se encontraban la Torre del Tambor y la Torre de la Campana. Así que ya que estábamos allí, no dejamos la oportunidad de visitarlas, al menos desde fuera. Beijing dio poco más de si. Habían sido tres días intensos, en los que habíamos intentado visitar y conocer los lugares más representativos de la ciudad. Había sido nuestra primera toma de contacto con China, y aunque había sido corta, nos había servido para aclimatarnos y empezar a conocer un poco a sus habitantes.

Los churreros chinos

Antes de coger el taxi hacía Beijing West Railway Station, hicimos unas últimas compras. Supuestamente en el tren vendían comida, pero no estábamos seguros. Era el primer tren que cogíamos en el país, y aunque habíamos leído algo sobre el tema por internet, teníamos cierta incertidumbre por lo que pudiéramos encontrarnos. Así que nos fuimos a un supermercado y nos compramos unos noodles deshidratados, para hacerlos en agua caliente. Esta es sin duda la comida más común en China, la venden en cualquier esquina o puesto, y como hay grifos de agua caliente por doquier, se hacen la cena o comida en un momento. Junto con unas galletas, era seria nuestra cena. Para la comida habíamos reservado una sorpresa: el MacDonalds. No teníamos mucho tiempo, así que era la mejor opción porque en la cadena americana ante todo se come rápido. En un momento estábamos comidos y montados en el taxi.

Si hasta el momento estábamos alucinados del tamaño de lo visto en Beijing, la estación de tren no fue para menos. Beijing West Railway Station era impresionante. Infinidad de puertas de acceso, andenes por decenas, y todo en un edificio arquitectónicamente más parecido a un templo que a otra cosa. El taxista nos dejo en la misma entrada, así que nos topamos con los controles de seguridad nada más bajar del coche. No lo había comentado hasta ahora, pero al montar en el metro o tren, siempre hay que pasar las mochilas por los escáneres. Y eso fue lo que hicimos, además de enseñar a los policias los billetes y pasaportes. Aunque parezca mentira, y viendo lo grande que era la estación, nos fue muy fácil encontrar el anden, o más bien la sala de espera, donde centenares de chinos se acinaban, sentados donde podían. Nos pusimos en la cola, pero como ya nos habían avisado, los chinos son expertos en colarse en todo tipo de filas, y esta vez no fue una excepción. Ni colas ni leches. Algunos hacíamos cola, pero otros se ponían por los lados, y cuando abrieron los tornos cada uno hacía lo que podía.

Descansando en el tren hacia Datong

Para el tren habíamos reservado cama blanda: la opción más cómoda y en la van 4 personas en literas en un compartimento cerrado. Después van la cama dura (6 personas y sin puerta), el asiento y el búscate la vida. En la colas de la estación vendían una especie de silla de camping plegable, que no tendría más de 20 cm de ancho, y en la que más de uno haría el viaje sentado. Nada más entrar al compartimento, descubrimos que de espacio no estaba mal, pero había un manchonazo de comida en la mesilla. A Esti casi le da algo. Al de poco entraron nuestros compañeros de viaje, una pareja de personas mayores que casi no hicieron ruido en todo el camino. Al señor le acababan de operar de algo, tenía una vía abierta en el cuello.

El viaje en el tren se hizo muy llevadero. Eran solo cuatro horas de viaje, y llegábamos a dormir a nuestro siguiente destino: Datong. Con el asco que os dio lo del mantel, no nos atrevimos a hacer los noodles con el agua de la tetera, supuestamente la habían cambiado para ese trayecto, pero no nos fiábamos, sobre todo después de encontrarnos el manchón. Los carritos de comida que pasaban por el pasillo solo tenían fruta y verduras. Y tampoco nos apetecía pasarnos por el vagón comedor, en un par de ocasiones que nos asomamos a ver que ponían de comer, se nos quedaron mirando todos los camareros y nos daba reparo sentarnos acercarnos más para ver si tenían menú.

La estación de Datong y su animada plaza

El tren llego a puntual, y a las 10 de la noche ya estábamos en el hotel que teníamos reservado, frente a la estación de Datong. Las chicas no entendían ni una palabra en inglés. Primeros problemas con el idioma. En el hotel de Beijing hablaban inglés mejor que nosotros, Datong en cambio estaba claro que no era tan turístico, por mucho que el nombre del hotel pusiera que era internacional. A la hora que era, y como no vimos ningún restaurante cerca del hotel, decidimos cenarnos los noodles que habíamos comprado para el tren. Así que fue una cena lo más familiar, en la habitación del hotel. Después de cenar bajamos a la recepción, ya que pensábamos que en el hall había wifi gratuito. Ni de coña. Queríamos consultar alguna cosa para el día siguiente, pero no teníamos forma de hacerlo. Al final, con el diccionario en la mano, intente hacerles entender a las chicas de la recepción que queríamos contratar una excursión para el día siguiente. Los dos lugares que queríamos visitar estaban bastante lejos uno del otro, y podíamos hacerlo en transporte publico, pero era una autentica paliza. Nos costo, pero conseguimos que se hicieran una idea de lo que queríamos: al final sacaron una hoja con un plan de excursiones de un tal Mr. Yi, que al parecer era un chófer particular. La hoja estaba en inglés, y como ponía que el tal Yi hablaba un poco inglés, les dijimos a la chicas que adelante. Así que le llamaron y nos pusieron al teléfono con el. Si que hablaba algo, ya que le entendimos y quedamos con el para el día siguiente a las 9. Objetivo cumplido, ya podíamos irnos a dormir tranquilos.

Crónicas chinas. Día 3: muralla China y palacio de verano

Crónicas chinas. Día 3: muralla China y palacio de verano

Y llego uno de los días más esperados, el de la gran muralla China. El desayuno del hotel comenzaba a las 7 de la mañana y para esa hora estábamos en el comedor. Nos teníamos que dar prisa, queríamos coger un autobús publico, el 919, que nos llevaría al tramo de la muralla conocido como Badaling. Ir en un coche privado suponía gastarse 800 yuanes, cuando el autobús costaba 12 yuanes. No tendríamos las mismas comodidades, pero llegaba el momento de mezclarse con los turistas chinos, y vivir a tope la experiencia.

La supuesta estación de donde salía el bus, Deshengmen, estaba bastante cerca, a tres paradas de metro. Una vez salimos de la estación de metro, nos costo bastante encontrar la marquesina concreta, ya que pensábamos que habría una estación de autobuses, pero realmente se trataba de una calle. Las marquesinas estaban situadas a lo largo de la calle, así que preguntando, y como pudimos, al final nos indicaron donde era. Efectivamente, veíamos el número en el autobús, pero no fue tan sencillo arrancar.

Cuando estábamos en la cola, se nos acerco un señor para decirnos que en la cola de enfrente salía un bus que iba más rápido. Y nos cambiamos, a todo esto, con un japonés que se nos arrejunto desde que estábamos buscando el bus (andaba igual de perdido que nosotros) y que nos seguía, o nosotros a el, ya que estábamos en la misma situación. Mientras esperábamos, el chino de antes empezó a comentarnos que por 400 yuanes nos podía encontrar un coche para los tres. En vista de que era un jeta, y que eso era la cola de los futuros estafados, nos volvimos a la anterior fila.

Vista desde el punto más alto de Badaling

Cuando el bus arranco, nos toco al lado del japonés, y fuimos hablando un rato con el. Nos contó que había conseguido 3 días de vacaciones y se había acercado a China, que le pillaba cerca. Cuando le dijimos que teníamos un mes de vacaciones al año, alucino, y solo pudo decir: me quiero ir a vuestro país. En Japón el tema económico tampoco debe ir muy bien, y también comento que los políticos eran bastante corruptos. En eso somos bastante parecidos. A todo esto, empezamos a apreciar un olor pestilente, los chinos del bus se tapaban la nariz, y ninguno sabíamos de donde venia el tufo. ¿Un escape de metano quizá? El misterio se resolvió cinco minutos después, cuando el autobús se detuvo en el arcén de la autopista. ¿Por qué paramos? Nos preguntamos. De repente se abrió la puerta del bus, y una señora mayor que estaba cerca nuestro, se levanto y tiro una bolsa de plástico afuera. Sin palabras. No creo que haya que desverlar lo que era.

Esti en la muralla

Pero el viaje en un autobús lleno de chinos no deparo ninguna sorpresa más. A medida que nos acercábamos a Badaling, íbamos viendo otros tramos de la muralla, espectaculares. Kilómetros y kilómetros, daba igual la superficie. Si tenían que hacerla subiendo hasta la punta de una montaña, lo hacían. Precisamente, en Badaling había que coger un teleférico para ascender hasta un pico. Yo pensaba que no habría mucha altura, y cuando lo vi empece a ponerme el pañal. Encima eran unas cabinas minúsculas, parecidos a unos huevos kinder. Lo mejor para el vértigo. Encima en algún momento los huevos se quedaron parados, y unos segundos después arrancaban. Como no quedaba más narices, tuve que echarle un par y montarme. Así que me agarre fuerte al asiento y para arriba. Buff. En algún momento miraba para abajo, pero no podía aguantar mucho la mirada. Menos mal que fue rápido, y en unos minutos estábamos arriba. A nuestro lado iba una chinita que iba mucho peor que yo, incluso me anime a decirle algo para distraerla un poco. Unos yankees que iban detrás (creo que eran americanos), se partían la caja y me decían: esto no es nada, en Hong Kong hay uno muchísimo peor. Vaya ánimos que me dieron, no sabían que también teníamos que pasar por la antigua colonia inglesa.

El esfuerzo mereció la pena, ya que nada más llegar arriba se me curaron todos los males. No quiero ni imaginar lo que tuvo que suponer en aquella época una obra de tal magnitud. Ya que no se trata de un simple muro de contención. La altura y la anchura eran considerables. Tras casi escalar para llegar a una de las torres de vigilancia, desde el punto más alto de la montaña podíamos apreciar como la muralla continuaba, atravesando montañas, valles, o lo que fuera. Y eso era solo una pequeña muestra, ya que eran unos escasos kilómetros de los 21000 que habían llegado a medir la muralla. Sin esas increíbles dimensiones, hubiera sido imposible acoger a los cientos de chinos, que como hormigas, circulaban arriba y abajo por la muralla. Fue agobiante. Un día más de calor infernal. Unas cuestas que casi era mejor escalarlas, y los chinos como locos sin parar de grabar y hacerse fotos. Por cierto que esta vez nos volvieron a asaltar para hacerse fotos con nosotros. Eramos una atracción más.

Varias torres de vigilancia en Badaling

Tras caminar por los tramos más cercanos, y asfixiados ya por el calor, decidimos bajar. Yo tenía claro que una y no más Santo Tomás, e intentamos descender por un tramo que supuestamente era a pie. Cuando llegamos al final de ese tramo, descubrimos que no, que había una especie de montaña rusa, solo de bajada, y que encima había que pagar. Así que media vuelta y cuesta arriba hasta la estación del teleférico. Yo ya le había dicho a Esti que no bajaba ni de coña, pero como no me quedo más narices, me tuve que meter en el huevo de nuevo, y volver a sufrir un poco más de vértigo.

En unos pocos minutos estábamos en el autobús de vuelta, y en una hora, de nuevo en Beijing, cogiendo el metro hacia otro de los platos fuertes de la ciudad, el Palacio de Verano. Como andábamos justos de tiempo para comer, nos compramos un rollito de verdura, que nos gusto mucho por cierto, en un puesto a la salida del metro. Y con ese poco sustento, nos metimos en el palacio, por su cara norte concretamente. Elegimos la zona más dura. Desde ese punto, hacia que subir una montaña y volver a bajarla para llegar a donde estaban los lagos, la zona más conocida del palacio. En la parte de la entrada había una recreación de la ciudad de Suzhou, con sus canales de agua, que más adelante esperábamos visitar. Desde ese punto era todo subir escaleras. Muy al estilo chino, fuimos cruzando templos a medida que ascendíamos el monte. Templo, patio, templo, patio… Por la mitad tuvimos que detenernos a comernos un polo de hielo, el producto estrella entre los turistas chinos, ya que los vendían en cualquier esquina, como el top manta en Euskadi vamos. El calor era matador.

Templo junto al lago de Kunming

En la otra cara del monte descubrimos el lago Kunming, en el que había islas, puentes, barcos de madera, todo de postal. Como todos los lugares que habíamos visitado hasta el momento, estaba abarrotado, y alucinamos al descubrir que habían accedido 30000 personas ese día al recinto. Por sus dimensiones, haría falta un día entero para poder patearse todos sus rincones, pero a nosotros nos basto con 2 horas para recorrer los lugares más especiales. No había más que ir paseando por la orilla para ir recreándose en su belleza, y encima se podía ir por la sombra, lo que se agradecía. Viendo su tamaño, quedaba demostrado una vez más que los chinos solo saben hacer las cosas a lo grande.

Puente de los 17 arcos

En medio de lago se encontraba la isla de Nanhu. Para llegar a la misma había que, o cruzar por el puente de los 17 arcos, o montar en unas grandes embarcaciones que circulaban por el lago. La visita a la isla fue corta. Había sido un día muy duro, por una parte por el calor, y por otra, por lo que habíamos andado. Tocaba plegar velas e ir recogiendo. Casualmente en la puerta por la que decidimos salir no había boca de metro, por lo que tuvimos que desandar nuestros pasos al menos un kilómetro. En ese tramo contemplamos como los policías atrapaban a una señora que vendía polos a los turistas. Un poco antes, y ante la voz de alarma dada por unos vigías, los más jóvenes salieron corriendo, pero la pobre señora no pudo escapar. Por algo comentaba antes lo del top manta, no venden lo mismo, pero la problemática es exactamente la misma. Y es que en la mayoría de sitios se ven a personas mayores rebuscando en la basura para recoger botellas de plástico. Hay pocos mendigos, o al menos se veían pocos, pero la forma de vivir de muchos es para no desearsela a nadie.

Ejemplo de colorido en la decoración de un templo

Tristezas aparte, que las hay aquí y allá, nos quedaba una deuda pendiente con el pato laqueado, y esa noche tocaba pagarla. Como ya conocíamos el camino, nos costo poco llegar al De Yuan Roast Duck, y como lo teníamos clarisimo, nos pedimos el pato laqueado sin dudarlo. gracias Juantxu por tu recomendación. Nos costo un poco cogerle el truco a ir haciendo las tortitas, pero el pato estaba exquisito. Es más, creo que crea adicción, ya que no podía parar de comer. El sabor del pato, la textura, ummm. Si alguna vez habéis comido pato en algún chino de Euskadi, no penséis que se parece en algo, ya que no tiene nada que ver. Llego un momento que tuve que decir basta, no me entraba más. Quería pero no podía. Durante la comida unos chicos de al lado se reían al ver como cogíamos los palillos para hacer las tortitas, y es que era muy complicado. yo hace tiempo que llevo utilizando los palillos, y creo que me apaño, pero esto era demasiado. Hacer los hacia, pero con una técnica para salir corriendo. no lo he comentado hasta ahora, pero si alguna vez venís a China, acordaros de traer un tenedor si tenéis problemas con los palillos, ya que es imposible encontrar cubiertos.

Tras la gran panzada, que nos hacia falta tras aguantar todo el día con solo un rollito y un polo, nos dimos un paseo hasta la boca del metro de Tiannanmen. Durante el camino aprovechamos para ver el ambiente nocturno (muy animado), alucinar con la iluminación, y hacer alguna foto a los edificios de Tiannanmen. Y el día no dio para más, tocaba dormir por ultima vez en Beijing, la ultima noche.

Crónicas chinas. Día 2: Ciudad prohibida y mercadillos de ‘comida’

Crónicas chinas. Día 2: Ciudad prohibida y mercadillos de ‘comida’

El cansancio acumulado durante los días anteriores se noto en el primer despertar pekines. Teníamos pensado levantarnos un poco pronto, pero fue imposible. El desayuno en el hotel se cerraba a las 9:30, y llegamos por los pelos. Menos mal que para eso los chinos no son nada estrictos, y nos dejaron desayunar tranquilamente y sin prisas. El desayuno buffet era una mezcla de comida occidental y oriental: desde los dim sum, dulces y frutas chinas, hasta el café, cereales, huevos o beicon más europeos. Nada más terminar arrancamos para el metro, Íbamos con un poco de retraso. Es curioso lo del transporte en las grandes ciudades, da igual que estés en Londres, Madrid o Beijing, no hay cosa más fácil en el mundo, o al menos es lo que nos pareció. En este caso, hay que admitir que era más sencillo, ya que estaban todas las señales en inglés y los nombres en pinyin, la traducción del chino clásico al alfabeto occidental.

Uno de los inmensos patios de la Ciudad Prohibida

Primera parada del día: plaza de Tiananmen y la Ciudad Prohibida. Nada más salir de la parada del metro, nos encontramos la entrada al mausoleo de Mao. Una gran foto suya presidía la fachada principal. Tampoco nos apetecía ver la momia de Mao, así que una vez pasados los controles de seguridad (que eran unos cuantos), nos adentramos en la Ciudad Prohibida. Lo más impresionante de este complejo es su magnitud. Salas, templos y plazas por doquier, es difícil imaginárselo sin estar presente. En la película ‘El ultimo emperador‘ se llega a apreciar relativamente, pero es difícil captar tanta grandeza. Las hordas de turistas chinos que asolaban la entrada nos hacían temernos lo peor, pero era tan espacioso todo, que entrábamos todos los que quisiéramos y más.

Sacar las entradas fue muy fácil. Tras despachar a algún reventa, en 5 minutos estábamos pasando los tornos. Al igual que en el templo de los lamas, fuimos pasando templos y patios uno tras otro. No llegamos a contarlos, pero llegaba un momento que empezaba a parecer el día de la marmota. Bromas aparte, cada templo o edificio superaba al anterior, hasta que llegamos a unos jardines, en los que descansamos un momento a la sombra. El sol nos castigaba sin piedad, y era común ver a multitud de chinos sentándose en las pocas sombras que había. En nuestro caso, nos salimos del recorrido oficial, y entramos en un patio más pequeño en el que corría algo de aire, así que aprovechamos para descansar un rato y refrescarnos.

Detalle de uno los pasillos interiores

En uno de los patios, me pidieron mi primera foto. Para los chinos que no viven en ciudades como Beijing o Shanghai, no es algo muy normal ver occidentales, y entre tanto turista chino que había, seguramente alguno los habría visto solo en la tele. En conclusión, se me plantaron dos chinos, que parecían un poco pueblerinos, a sacarse unas fotos con el que escribe estas líneas. Lo más gracioso de todo es que en ese momento estaba grabando un vídeo, y tenía a los susodichos a unos metros, enfrente mío, metidos de lleno en la escena. Después, al ver el video, descubrimos la secuencia completa: como se me quedaron mirando, y se acercaban, poco a poco, entre risas. Los tíos se fueron más contentos que unas castañuelas. Ya estaba avisado de que esto pasaría, y así ocurrió.

La parte norte del palacio, la de la salida, era un complejo de jardines en el que pudimos apreciar algunos pequeños templos y esculturas. Obviamente, no podían faltar las típicas tiendas de recuerdos, así como refrescos y helados. También pudimos ver a la salida las estatuas de los elefantes de oro, que nos gustaron bastante. En conclusión, la visita a la ciudad prohibida impresiona más por su magnitud, que por lo que puedes ver aparte de sus patios y templos. Muchas estancias se encontraban cerradas, y solo era posible verlas desde la calle. Y para dificultar el asunto, los turistas chinas se agolpaban y se hacían fotos como locos frente a las estancias, por lo que había que meter un par de empujones para poder acercarse y ver algo.

Uno de los dos elefantes de oro

Tras visitar uno de los monumentos más importantes de Beijng, tocaba cumplir con otra de las cosas que hay que hacer en esta ciudad: degustar el afamado pato laqueado. Juantxu y Cris nos habían recomendando el restaurante De Yuan Roast Duck, y hacia allí nos dirigimos en el metro. Sabíamos su ubicación aproximada, en la famosa Dashilan Street, pero incluso con el plano en la mano nos costo un poco dar con el. Cuando pensábamos que habíamos encontrado la calle (y así era, como más tarde descubrimos), preguntamos a una china que se nos ofreció, y que nos mando por donde no era. Así que volvimos hacia atrás y nos metimos por unas barriadas de dar miedo, si no estuviéramos en China. Seguimos el plano lo mejor que pudimos, siguiendo alguna indicación más, y al final, por fin encontramos el restaurante. Lo malo fue que entre tanta vuelta y vuelta, estaba cerrado. Habíamos llegado a las 3 y media, y no volvían a abrir hasta las 5. Mala suerte, pero seguíamos con el estomago protestando por el hambre. Unos metros más adelante encontramos un bar que tenía buena pinta, con un cartel de recomendación de Lonely Planet (seria en la anterior edición, no en la nuestra), y ahí nos metimos: Tianhai Restaurant.

Al rico lagarto y culebra, lo del medio, vete a saber que era

La carta estaba en inglés, y el camarero se defendía al menos para atendernos. Como no nos apetecía hacer experimentos, nos decantamos por unos noodles y un cubo de arroz con una tortilla encima. Acertamos de pleno. Los noodles nos costo comerlos un poco más de los esperado, por eso de los palillos y de lo largos que eran, pero con un poco de paciencia terminamos con ellos. El arroz estuvo incluso más sabroso, pero lo más curioso es que estaba presentado en un pequeño cubo de madera. Otros extranjeros que entraron un poco después nos preguntaron que habíamos comido, y les recomendamos los dos platos sin dudarlo. De hecho, los pidieron y creemos que les gustaron. Aunque la comida estaba muy bien, lo más curioso de este bar era que tenían unos botes en la barra de los más asquerosos: lagartos, y algunos cosas más que no pudimos identificar, metidos en lo que supuestamente era vinagre. Para salir corriendo.

Nos quedaba toda la tarde por delante, y nos tocaba visitar el famoso mercado de los insectos y demás pinchos morunos. Si pensábamos que los lagartos eran asquerosos, no hacía falta más que darse una vuelta por el mercado que comento para alucinar: escorpiones, ranas, gusanos, ciempiés, culebras, pequeños tiburones, testículos, tripas… Vamos, imposible salir con hambre de aquel lugar. Lo único que nos atrevimos a tomar fue la leche de un coco. Los dependientes nos ofrecían su comida una y otra vez, pero ni nos acercábamos a los puestos. Lo que nos dimos cuenta fue que los propios chinos no comían más que el mejunje de las tripas y algún pincho moruno que parecía de pollo. En ningún momento vimos a ninguno comerse un escorpión (algunos los pinchaban y estaban vivos antes de hacerlos a la brasa, se les veía retorcerse en los pinchos). En un hutong cercano, descubrimos la misma comida, pero impregnado todo de un olor penetrante y nauseabundo. El mercado era un espacio abierto en el que corría el aire, pero en el hutong, era imposible salir sin estar mareado. No recomendado para estómagos delicados.

Escorpiones empalados, antes de pasar por la barbacoa…
… y escorpión churruscadito listo para comer

Pero si esto era asqueroso, a la hora de cenar descubrimos que no era para tanto. Cómo estábamos cansados, cenamos en un restaurante en la misma calle del hotel, y al abrir la carta alucinamos. Gusanos de bambú, termitas, cabezas de pato, y alguna cosa más que no quiero recordar. La carta estaba bastante limitada para nosotros. Finalmente nos pedimos un plato de verduras, y un plato de carne de Yunnan. Le comente si podía ser sin picante, el plato tenia las típicas guindillas rojas junto al nombre y porque la comida de esa región tiene fama de ser muy muy picante, pero me dijo que no, que el plato era así. Y es que era carne en tiras con guindilla verde, ajo y chili rojo. O mejor, todo el picante posible acompañado de algo de carne. Pues nos atrevimos. Desde el primer bocado todo un placer para los sentidos. Lo curioso es que no me picaban los labios, pero tenía la lengua medio dormida y sudaba a goterones. Menos mal que la cerveza china hace estos duros momentos más llevaderos. No nos terminamos el plato, pero anduvimos cerca. Y es que a pesar del picor estaba muy rico, encima, no hay otra cosa que le guste más a Esti que el picante.

Segundo día en China, y sin intento de timo. Fue una jornada muy entretenida, con muchas cosas vistas, y en la que empezamos a descubrir la gastronomía china menos apetecible para los occidentales. Esto solo era el comienzo.

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Nada más salir por la puerta del aeropuerto, cambias de realidad totalmente. Hasta ese momento vives en un punto intermedio entre dos países, pero cuando vas a coger el primer taxi, te das cuenta de que algo ha cambiado: están intentando timarte. Gracias a que Juantxu nos aviso. En primer lugar, y como estábamos sobre aviso, preguntamos al taxista cuanto nos podría cobrar por ir hasta en el hotel. según la web del hotel, serian unos 90 yuanes, y el tío nos decía que sobre 450-500, juas juas. Vaya estampa, yo diciéndole que era muy caro, que en el hotel me decían que 90, y no se le ocurre otra cosa que soltarme que los del hotel hablaban de euros. Menudo caradura. Ahí le dejamos al tío jeta. Volvimos a intentarlo con otro taxista, y esta vez nos decía que saldría más o menos ese dinero, que el ponía la taxímetro, y lo que saliera. Nos convenció y tras montarnos y arrancar, recordé otro consejo de Juantxu: que bajen siempre la bandera. El tío arranco como si nada, así que tuve que recordarle que tenía que bajarla. Segundo intento de timo. Por suerte, no paso nada más, y nos llevo cerca del hotel sin ninguna cosa rara más. A la hora de pagar, nos salió 70 yuanes, más barato incluso de lo que inicialmente pensábamos.

Patio del hotel de Beijing

Teóricamente, y desde donde nos había dejado el taxista, solo teníamos que seguir recto por la calle, y ya estábamos en el hotel. Tras andar unos 10 minutos, y en vista de que no aparecía, preguntamos a un chino que pasaba por ahí. Nos quedamos blancos cuando nos dijo que faltaban ¡2 km! No podría ser, era imposible, teníamos el mapa en la mano, y debíamos estar muy cerca. Finalmente descubrimos que el inglés del chino era malísimo: estábamos a 20 metros. El cartel del Beijing Double Happiness Courtyard se asomaba entre varios farolillos. Para nuestra estancia en Beijing habíamos elegido un hotel con patio, algo muy característico en esta ciudad. Decorado con muebles antiguos, camas de estilo chino, con sus faroles, todo de madera, muy chino vamos.

El hecho de que estuviera recomendando por los visitantes de Tripadvisor nos pareció garantía suficiente, ocupaba el segundo puesto en el ranking de los mejor valorados. Y realmente acertamos: su decoración, el gusto con el que estaba distribuido, que el personal de recepción hablaba un perfecto ingles (mejor que el nuestro), su exquisito trato; no tenemos nada malo que decir sobre este hotel, todo lo contrario. Lo primero que hicimos fue darnos un ducha, ya que hacia 18 horas que habíamos salido de casa, y necesitábamos refrescarnos, sobre todo por el agobiante calor que hacía en Beijing. Pasamos del invierno vasco al caluroso verano chino. De la lluvia, a un achicharrante sol. En estos días que pasamos en la capital, y a pesar de lo que dicen de la contaminación, conseguimos ver el sol, e incluso alguna estrella. Al aterrizar si que notamos que había una intensa nieblilla, que nos impedía ver si estábamos no cerca del suelo, es lo que tiene la polución.

Esti con uno de los templos de fondo

Para esa primera tarde en Beijing, teníamos previsto visitar dos templos, pero finalmente solo pudimos visitar uno, el Templo de los Lamas. Dicen que si solo tienes tiempo para visitar un templo, este es su mejor exponente. Nosotros llegábamos un poco justos, ya que entre una cosa y otra nos habíamos retrasado bastante, pero nos dio tiempo de sobra para visitarlo. En cambio no tuvimos ningún problema en el metro, sacamos los billetes en ventanilla y en solo dos paradas salíamos en la estación de Lama Temple. Nos costo dar con el entrada del templo, ya que había varias salidas, pero en un momento estábamos comprando los tickets y caminando por sus jardines. Para haceros una idea de cual es la estructura de la mayoría de los templos chinos, se van cruzando templos, uno tras otro, y cada uno de ellos seria el equivalente a una ermita. Atraviesas uno, te encuentras un patio, y a por el siguiente templo. Así hasta el infinito. En cada uno de los patios, los creyentes quemaban incienso, y se arrodillaban para rezar. Además del aspecto religioso, importante para ellos, para nosotros se trataba de un lugar arquitectónicamente interesante. Poco a poco te vas acostumbrando a la forma de los templos, pero de entrada, y siendo el primero, impacta la forma en que están construidos. Como distribuyen las salas, los patios, los pasillos. Otro aspecto que impacta son los vivos colores con los que decoran y esmaltan cada uno de los motivos decorativos, desde las tejas hasta los iconos de los dragones. En cambio, para las esculturas que había en cada templo, optaban por un intenso y brillante color dorado. Si fuera oro, cuantos kilos y kilos se podrían fundir. En el interior de los templos estaba prohibido sacar fotos, por lo que tampoco podemos mostrar las esculturas budistas que vimos.

Creyentes budistas rezando

Tras llevarnos una grata impresión del templo, la tarde no daba tiempo para más. El cansancio iba haciendo mella en nuestros cuerpos. En el avión tampoco pudimos dormir todo lo que quisimos, y el jetlag nos estaba afectando más de lo esperado. Para esa primera noche habíamos previsto cenar en un restaurante, el Hua, que nos había recomendando Juantxu. Sobre el mapa, y en teoría, estábamos bastante cerca, pero una cosa es el mapa y otra la realidad. Nos volvimos locos calle arriba y calle abajo, pero no conseguimos encontrar siquiera el hutong donde estaba. Lo que si nos encontramos fueron varios hutongs con comida callejera, pero precisamente no era lo más apetecible, sobre todo viendo en que condiciones cocinaban. El concepto de limpieza de los chinos, del que seguramente hablaremos una y otra vez en este blog, es muy diferente al nuestro, pero que muy diferente.

Al final decidimos meternos en un restaurante, que parecía ser de una cadena china, en el que no hablaban ni palabra de ingles. Menos mal que el lenguaje de los gestos es el más internacional de todos. Por suerte, todas las cartas en China vienen con la foto del plato, por lo que al menos sabes que aspecto tiene lo que te vas a llevar a la boca, otra cosa muy distinta es saber con que lo han hecho. Como no tenían los nombres en ingles, fuimos a lo fácil: un plato de fideos, y otro de tortilla sobre un lecho de verduras. Y acertamos. Para beber, Juantxu nos había dado la palabras mágicas: gen pinda pi you, o lo que viene a ser en castellano, cerveza fría. Hay que remarcar lo de gen pinda, por que si no te lo sacan todo hirviendo. De hecho, nos sacaron dos vasos de agua calentorra, que era lo ultimo que apetecía para refrescarse. Para ser la primera cena estuvo bastante bien, seguramente ni por asomo como en el Hua, pero no tuvimos queja.

Crónicas chinas. La previa

Crónicas chinas. La previa

Iniciar un viaje a China puede resultar una de las mayores experiencias de la vida. A priori, viajas con la mente abierta, y con la idea de aprender todo lo posible de una cultura tan diferente a la nuestra. A la hora de plantearnos esta aventura, teníamos dos posibilidades: organizado o por nuestra cuenta. Realmente teníamos dudas de poder movernos por nuestra cuenta, sobre todo por el idioma, pero todas las opiniones que leímos y escuchamos al respecto, hablaban de que no suponía un verdadero problema. Bueno, todo esto lo escribimos a priori, quien sabe si cuando acabe el relato tendré que editar estas palabras.

El hecho de no viajar en un viaje organizado, supone que tener que trabajar previamente cada una de las etapas del viaje. Las distancias entre ciudades, los medios de transporte, los hoteles, la forma de llegar a cada punto de interés.. En el caso de China, no me imagino plantarte allí sin nada previsto, ni reservado, en nuestro caso íbamos para tres semanas, y creo que es totalmente necesario. Supongo que si vas sin ningún tipo de prisa por volver, podrás perder todo el tiempo que quieras, ya que el hecho de no tener mirados los trenes, por ejemplo, te puede hacer quedarte uno o dos días mas en una ciudad. Con todo lo que hay por ver en China (tuvimos que descartar un montón de sitios), a mi personalmente no me gustaría dejar de visitar un lugar por no tener reservado un billete de avión o de tren.

Increible paisaje en Yangshuo

A fin de cuentas, es un trabajo concienzudo, pero que recomiendo, ya que te ayuda a empaparte poco a poco de su forma de vida. En mi caso, la guía Lonely Planet ha sido la mejor ayuda. Jugo a su favor el hecho de que vienen todos los nombres en chino, lo que te puede ayudar a la hora de encontrar un lugar o explicar a un taxista a donde quieres ir. Fue todo un acierto, ya que contiene un montón de valiosa información: hoteles, autobuses, vuelos, lugares de interés, etc. Con todo eso que fui recolectando, mas lo poco que encontré por internet, prepare un guía propia, con la información de cada lugar que visitábamos, la ubicación de los hoteles, como llegar a los aeropuertos, a las estaciones de tren. Asimismo, Juantxu y Cristina nos aconsejaron sobre que debíamos hacer en Beijing: que visitar, donde comer, como movernos, trucos para el regateo, con los taxistas… La primera parte de la guía nos la hicieron practicamente ellos. En definitiva, llevábamos los deberes hechos a China.

Típico bicicarro chino

A la hora de coger los billetes de avión, optamos por volar con Air China, haciendo escala en Frankfourt. Nos pareció la forma mas rápida y económica de volar a Beijing. Si se reservan con mucho tiempo de antelación, salen muy baratos, siempre tendiendo en cuenta el tipo de vuelo que es, en el que atraviesas medio mundo.

Y en eso que paso la boda, en la que disfrutamos como enanos, y llego el día de partir. El lunes 21 de mayo de 2012, nuestra vuelo destino Frankfourt despegaba a las 14:25 horas de Loiu. Por delante, 14 horas de viaje. Coincidencias del destino, en el mismo vuelo nos acompañaba el Aita de Tati, que también se desplazaba hasta China, en su caso por trabajo. Y ahí nos fuimos los tres de Laudio hasta Beijing, donde separamos nuestros caminos tras volar mas de 5000 km. Rite se nos iba para Chengdu, y nosotros nos quedábamos en la capital, donde comenzamos el relato de las crónicas chinas.

Durante las siguientes tres semanas, visitaríamos Beijing, Datong, Pingyao, Xian, Fenghuang, Chengyang, PingAn, Yangshuo, Hong Kong y Shanghai.

P.D. El diario lo he ido escribiendo durante el viaje, ya que teniamos tiempo libre mientras viajabamos de un lado a otro. Nos ha sido imposible ir actualizando el diario a medida que cruzabamos China, ya que WordPress esta censurado, asi como Facebook o Twitter. No es en vivo ni en directo, pero al menos recoge lo que hemos ido viviendo.