Crónicas chinas. Día 15: Yangshuo y sus ríos
Esti se despertó mucho mejor. Parecía que el estomago se le había asentado. Por si acaso, no desayuno más que un yoghurt, tampoco era cuestión de pasarse y que volviera a ponerse mala. Habían pasado muy pocas horas desde que había devuelto. Como no estaba del todo bien, y en nuestro segundo día en Yangshuo estaba jarreando a mares, no sabíamos exactamente que hacer durante el mismo. Habíamos planeado alquilar unas bicis, pero llovía de tal manera al despertarnos, que lo descartamos. Encima Esti tampoco estaba para hacer esfuerzos. En el hotel nos ofrecieron hacer una ruta en barca de bambú por el río Yulong, íbamos a cubierto al menos, así que nos pareció una buena idea. Nos pusimos las chanclas y el bañador (yo al menos), y nos montamos en el taxi que nos llevaría y nos traería de vuelta.

Por suerte, para cuando llegamos al embarcadero ya había dejado de llover, e incluso hacia un poco de resolillo. Las barcas de bambú eran pequeñas, pero tenían la anchura justa para encajar un par de hamacas, que era donde íbamos sentados, la mar de cómodos. En la parte de atrás iba el barquero, tirando de un palo de bambú, para hacer avanzar la txalupa. Teníamos que seguir el curso del rio durante varios kilómetros, y durante el mismo, contemplamos las verdaderas montañas de Yangshuo. Mucho mejor que en el crucero. Íbamos la mar de relajados contemplando el paisaje. Era un rio muy tranquilo, pero de vez en cuando teníamos que bajar alguna pequeña presa. Las caídas eran muy cortas, y con poca altura, pero la suficiente para mojarse los pies. En la primera, como tampoco íbamos avisados, se calaron las zapatillas de Esti, que las llevaba bajo la hamaca. Menos mal que llevaba las chancletas para cambiarse. Y así pasamos la hora y media, sacando fotos, tranquilamente sentados, observando el paisaje. Mas tarde descubriríamos que aparte del agua, en el río había mosquitos asesinos. Esti fue más lista que yo y se hecho el repelente, pero como yo no veía que hubiera mosquitos, pase del tema. Y sin ninguna novedad ni contratiempo, llegamos al muelle donde finalizaba la travesía. Al barquero le tocaría volver hasta el muelle donde habíamos salido, pero bueno, ese era su trabajo. En algunos puntos, había motores con una cuerda para remontar el curso del rio, sino seria imposible que subieran contracorriente.

Seguimos con el plan establecido: el taxista nos recogio junto a la orilla y nos dejo en el hotel unos minutos después. Era la hora de la comida, y por no andar dando vueltas, nos quedamos a comer en el hotel. Teníamos que probar la especialidad local, el pescado a la cerveza, y resulto muy bueno. Nos gusto sobre todo la salsa, que mezclada con arroz blanco, estaba espectacular. El pescado lo acompañamos con una ensalada, creo que la primera que comíamos en China. Como la noche anterior me quede mosqueado con el tema del vino chino, el Great Wall, me pedí una copa para confirmar lo sufrido. Efectivamente, no era problema de que el vino del día anterior estuviera picado, era malo, y punto. Menos mal que no compre ninguna botella para llevar a casa sin probarlo antes.

Después de comer, y como estábamos en el hotel, que mejor que reposar la comida con una buena siesta. Parecía que Esti estaba recuperada, pero mejor no forzar la maquinaria y descansar un rato antes de volver a salir. Para el anochecer nos habían ofrecido hacer otra actividad que ya teníamos en mente: la pesca con cormorán. Y como nos lo pusieron en bandeja, aceptamos directamente. Habíamos visto previamente en la tele algún documental sobre el tema, por lo que ya os había picado el gusanillo antes de ir. Sabíamos que no iba a ser la verdadera pesca, sino una exhibición, pero queríamos ir. Nos pasaron a buscar por el hotel sobre las 7 de la tarde, y fuimos andando hasta el muelle del rio Li. En el hotel nos avisaron que lleváramos repelente, y esta vez hice caso, pero ya era demásiado tarde: tenía las piernas plagadas de picaduras. Y no eran picaduras normales, parecía que me hubiera picado un insecto gigante.

En el muelle nos esperaba una barca, y como llegamos los primeros, el mismo chico que nos acompaño nos dijo donde teníamos que sentarnos para coger el mejor sitio. Poco a poco fueron llegando más personas, casi todos occidentales, y cuando ya era de noche, el barco partió. Lo que no sabíamos era que la misma persona que nos acompaño era el piloto. A través del oscuro rio Li, nos dirigíamos hacia unos focos que se veían a lo lejos. Allí nos aguardaba el pescador. Estaba montado en una barca de bambú, similar a la de la mañana, más bien pequeña. Tenía un potente foco en la parte delantera, que apuntaba al agua. Alrededor de la barca, los cormoranes no paraban quietos, se sumergían, volvían a la superficie, revoloteaban, todo menos estarse quietos. Cuando llegamos a la par de la barca, el pescador empezó a dirigir la barca rio arriba. Íbamos avanzando muy suavemente, y los cormoranes iban delante, sumergiéndose continuamente intentado pescar algo. El arte (por llamarlo de alguna manera, no se si la más correcta) de este tipo de pesca consiste en lo siguiente: los cormoranes tienen atada una cuerda en el cuello, por lo que cada vez que atrapan un pez, no se lo pueden comer, y al no poder tragarlo, lo mantienen en la garganta. Pero no solo pueden con un pez, sino con varios, los van acumulando. De vez en cuando, el pescador los engancha con un palo, los acerca a una cesta, y les hace echar los peces a la misma. Los animales están totalmente domesticados. Y quizá eso sea lo único que tiene algo de arte, conseguir que pesquen para ti y no se escapen.

Una vez escupidos los peces, al cormorán vuelve al agua a seguir pescando. Así una y otra vez. En eso consistía ese tipo de pesca, hoy en día en desuso y practicada solo para disfrute de los turistas. Y ese fue nuestro caso, fuimos a la par de su barca, viendo como los pájaros intentaban una y otra vez pescar peces. Para terminar, nos detuvimos en la orilla y el pescador hizo una exhibición sacando los peces de un cormorán para echarlos a la cesta. Lo más curioso fue que para que lo viéramos de nuevo, se los volvió a dar, el pez se los trago, y los volvió a escupir. Todo muy natural. Lo último que hicimos fue sacarnos unas fotos con el pescador y uno de los cormoranes. Ya nos imagináramos que la atracción iba a ser así, pero en el fondo nos gusto, ya que pudimos contemplar de cerca a los cormoranes en acción, y descubrir como se pescaba antiguamente con la ayuda de estos hábiles animales.
Después del paseo en barca, volvimos a Yangshuo y nos dimos un paseo por la calle principal, West Street. Plagada de tiendas, restaurantes, cafés o pubs, por la noche era un hervidero de gente. La atravesamos entera buscando algún sitio para cenar, pero no vimos nada que nos convenciera. Cerca del hotel había un restaurante italiano, y finalmente fuimos al mismo. Tenía buena pinta, al menos desde fuera, y encima teníamos ganas de cambiar un poco el tipo de comida y cenar algo más occidental. Con una pizza y una ensalada, salimos servidor del local, aunque con un poco de hambre, ya que las raciones eran un poco escasas. Como no era muy tarde para nosotros, decidimos ir a visitar el mercado nocturno local, no el que visitaban los turistas, sino el que era solo para lugareños. En la Lonely mencionaban que podía ser curioso por su animación y por el tipo de comida que había (caracoles o estofado de perro por ejemplo), pero llegamos tarde. A las 10 de la noche ya casi no quedaban puestos. El concepto de nocturno que tienen los chinos parece que no coincidía con el nuestro.
Un comentario en «Crónicas chinas. Día 15: Yangshuo y sus ríos»
Muy bueno que sugieras y aportes, a mi me costo mucho encontrar habitos extraños «publicables» porque normalmente si son extraños son bastante personales. Un saludo
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